Necesidad, sacrificio y un poco de suerte. Nancy Erica Peñaloza, más conocida por todos como Angie, creció entre el Club Independiente y la grutita de la Virgen del Valle. Se abrió paso con mucho sacrificio, en un momento muy difícil del país, de la provincia y por supuesto de la ciudad también. Nació a principio de los noventa, con un panorama de incertidumbre y un alto índice de pobreza, que de alguna manera parecía ser más cruel y despiadado en el interior. Aprendió a sobrellevarlo, no sólo con dignidad, si no colmada del amor de su familia, que fue un fuerte pilar que le permitió jamás dejar de lado sus valores, sus sueños, y de quienes también aprendió que avanzar de la mano junto a otros, es más importante que el individualismo.
Su papá músico con más de 40 años de experiencia, maestro mayor de obras de profesión, José Luis Peñaloza, hoy de 63 años, al igual que su mamá Nilda Elva Ramírez, una defensora de los derechos de los que menos tienen, solía organizarse junto a otras mamás que conocían la necesidad, -aquella que duele en la panza y de a poco te quita esperanzas; supo resolver cuestiones que se encontraban a su alcance. Comenzó cocinando a leña, para lo que se convertirían en más de doscientos niños, niñas, familias enteras. Solían tejer, coser, armar roperos comunitarios, y tener una ropita de abrigo en épocas más crudas de invierno, y remendar remeritas, medias, lo que sea necesario para cubrir las pieles que -parecía- eran abandonadas por un Estado para el que eran invisibles.
Nilda, no tuvo consciencia de la semilla de amor, valentía y solidaridad que sembraba. Angie sería la gota que rebasaría ese vaso, que derramaría el agua necesaria para satisfacer las sed de sus amiguitos y amiguitas, en el barrio. Del abuelo que vivía cerca y que por cuestiones de la vida hoy se encontraba solo. Angie sería la gota de agua -constante y firme-, que lograría romper ese techo de necesidades que aprendió a cubrir, compartiendo lo que tenía y pensando, sin quererlo, en la igualdad de derechos que ella sentía, todos, debían tener y así era.
Inquebrantable en sus ideales, Angie, acompañó a su mamá activamente en cada pasó. Mientras tanto, la vida transcurría junto a sus hermanos, hasta que la mayor de los tres, con solo dieciocho años partió hacia la provincia de Buenos Aires.
Rememora, con dolor y mucha angustia pero sin perder la sonrisa, como esta etapa de su vida la marcó. La partida de su hermana, quien se fue a estudiar y para convertirse en una profesional, fue un reto que como familia debieron superar.
«Recuerdo que cuando mi mami y mi papi decidieron que estudiara en Buenos Aires, ella se iba a ir solita. Ahorramos durante un mes para comprarle el pasaje y cuando juntamos la plata, ella pudo viajar».
Estando en la gran ciudad, no la pasó bien, si bien pudo terminar sus estudios, «estaba sola». Angie cuenta, con el llanto contenido, que mientras su hermana estudiaba, trabajaba cama adentro cuidando a una señora que debía dializarse varias veces al día, por lo que de alguna manera atender y cuidar a esta persona la mantenía constantemente en práctica, ayudando que pudiera especializarse. Pasó el tiempo y a la luz de una vela logró convertirse en Enfermera Profesional. Con algo de suerte comenzó a trabajar en una clínica privada, en el barrio de Avellaneda, donde hoy todavía ejerce sus funciones. Angie continúa, «ella se fue solita, y por más que quisiera, mi mamá nunca pudo enviarle siquiera una encomienda con nada. Era mucho lo que tenia que sostener aquí. Recuerdo que cobrar un plan de ciento cincuenta pesos en aquel momento y no se como hacía pero nos daba todo lo que podía». «Mi papa trabajaba en Salta, en Las Lajitas y venía los fines de semana a dejarnos plata y volvía a trabajar. Fue mucho el sacrificio que ellos hicieron por nosotros. Había fines de semana que no venía porque no le alcanzaba, o porque tenia que quedarse para ganar un poco más».
Con el recuerdo intacto de su hermana, y asumiendo su capacidad de ayudar, apoyó enormemente a «Pibe», su hermano más pequeño. Muy conocido en la ciudad por sus actividades deportiva, pero por sobre todo por su entusiasmo. Y es que «Pibe» también quería seguir sus sueños. Terminó la secundaria en la Polivalente de Arte, y continuó sus estudios en San Salvador de Jujuy. Angie sabía que no sería fácil, pero también sabía que ellos eran capaces y nadie los convencería de lo contrario. Así abrazó los sueños de su hermanito. «A veces mi hermano no tenía plata para volver después de las clase, y dormía en la termina, para nosotros era muy duro. Sentir que no podíamos ayudarlo más. Él no tenía para comprarse una gaseosa, un jugo, un galletita, porque esos doscientos pesos podía utilizarlos para comprarse un pincel, un acrílico, algo que le hiciera falta para seguir estudiando. Pero gracias a Dios y a mi virgencita del Valle, porque yo digo que siempre hay un ángel, un alma bondadosa, entonces sus amigos lo hacían quedar y conoció a una gran amiga, ‘La Chola’. Ella le dio un lugar a mi hermana para que se pueda quedar». Así y con mucho esfuerzo, logró recibirse.
Desde muy pequeña, Angie conoció la pobreza y necesidad, «cuando nos compraban con mucho esfuerzo una zapatilla, teníamos que cuidarla como oro. Llegar a casa y guardarlas para ponernos las chinelas, porque tenía durarnos todo lo posible. Pasamos muchas necesidades, pero ayudar al otro, al que tenía menos que nosotros fue algo que aprendimos de mi mamí, desde muy chiquitos».
Con una sonrisa enorme, ojitos achinado y con la voz quebrada, Angie con dolor y angustia, pero con admiración y un sonrisa que ilumina su rostro, nos dice «nosotros comíamos en el comedor que había en el Club Independiente, justo al frente de donde vivo. Mi hermano, ‘Pibe’ y yo, íbamos todos los días para comer ahí. El club al cual amo y la gruta que se encuentra entre barrio Patricios e Independiente, la gruta de la Virgencita del Valle, fueron mi segunda casa. Y siempre trabajé bajo ese manto que me daba esperanzas, me tranquilizaba, y así seguimos adelante».
Así trascurrieron los años, bajo la premisa de la solidaridad y el amor por su familia, muchas veces en situación de vulnerabilidad, compartían la angustia de las familias que no podían darle algo calentito a sus hijos, aprendió en este camino a aferrarse a aquello que le proporcionara algo de esperanza a quienes la rodeaban. «Si una zapatilla nos quedaba un poco chica, ya pedíamos permiso para darle a alguien más que la necesitaba, si veíamos que una remerita que le gustaba a alguna vecinita que no tenía como comprarsela se la daba. Muchas veces le dije a mi mama, ‘mamí ya no me anda'». Con una mirada cómplice y picara, nos dice, «le mentía a veces, para poder dársela». «Me pasó que entre una de esas veces que mi mamá me compró un vestido y una carterita para una salida especial, y cuando vi que mi amiguita no tenía, le regalé la carterita. Casi a escondidas de mi mamá. Y así hacíamos con todo».
La necesidad de encontrarse entre tantas personas
La vocación de pensar en los demás siempre estuvo presente en ella, y sin dudas fue algo que la llevó a formarse en lo que con tiempo sería su norte.
Esta historia de superación, tuvo sus altas y bajas. Pese a las dificultades económicas y la pobreza que fueron características del principio de los años 90, la familia de Angie, como muchas jamás claudicaron en sus proyectos solidarios y en formar a sus hijos para que sean profesionales.
La Gran Ciudad. Cuando Angie terminó sus estudios secundario decidió seguir medicina en Buenos Aires, y así acompañar a su hermana que se había estabilizado económicamente. «Estuve allí un buen tiempo, entre a la facultad de medicina». Cursó de manera excelente el primer año. Sabía el esfuerzo que significaba para su hermana sostenerla a ella, sobre todo económicamente. Pero pasó poco más de un año, «y no me hallaba». «Necesitaba a mi familia. Extrañaba demasiado a San Pedro, mi ciudad. Así que a pesar de que mi hermana intentó convencerme de todas las maneras posible de que me quedara, me volví. Un día me avisa mi mamá que pudo juntar plata para el pasaje de vuelta y recién allí pude volver a mi casa, con mi mama, mi papa y mi hermanito. Me apenó mucho dejar a mi hermanita sola, pero yo necesitaba volver».
La vida en San Pedro. Angie llegó a mediados de año, porque lo que le fue muy complicado ingresar a una carrera, pero tuvo la posibilidad de estudiar en una institución privada. Sin embargo, ello la superaría. «En ese momento estaba trabajando en una remisería y pedía que me dejaran hacer jornada completa, o sea trabajar desde las las seis de la mañana hasta las diez de la noche. En ese momento cobraba mil quinientos pesos a la semana. El presidente de la cooperativa de los remises que viajan a San Salvador y su esposa, me ayudaron muchísimo. Él se hacía cargo de la cuota de que debía pagar y para no dejarme sin plata en la semana, plata que necesitaba para comprar pañales a mi bebe y darle todo lo que necesitaba, y ayudar también a mi hermanito con sus pinceles y acrílicos, me daba la mitad. Entonces de esa manera iba achicando la deuda que tenía con él».
Angie trabajó durante muchos años en aquella cooperativa, y en ese periodo de tiempo trajo al mundo a Benicio, quien hoy tiene 7 añitos. Trabajaba tiempo completo en la cooperativa, estudiaba Trabajo Social, maternaba y era un mama presente y una hija ejemplar. «Hasta los choferes me ayudaban. Poco tiempo antes de que «Beni» naciera, se recibió de Trabajadora Social.

«Yo dejaba dormido a mi bebe, Beni, y me iba a trabajar. Cuando él se despertaba ya me comunicaba con mi mamá y los choferes pasaban a buscarlo en el huevito y me lo traían hasta el trabajo. La esposa del presidente, me traía una sopita para darle a Benicio y así me quedaba hasta las 10 de la noche». «Estoy muy agradecida a la vida por todo lo que me dieron, por toda la ayuda que me brindaron».

Cuando «dar una mano» se convierte en una decisión de vida
Angie ingresó a la Secretaría de Desarrollo Humano, tras su trabajo con la asistencia a distintas familias, fuera reconocido. «Fue un lugar en el que siempre quise trabajar y cuando me preguntaron desde la agrupación Vientos de Cambio, elegí Desarrollo Humano y siento que cumplí mi sueño. Aprendí mucho, sobre todo aprendí de la licenciada Silvia Maqui. Y siempre deseé ser un poquito como ella, y creo que lo logré, con mucho esfuerzo y años de trabajo». «La gente que va con situación de vulnerabilidad a la Secretaría se va con una esperanza de poder solucionar el problema que tenga, porque yo me debo a ellos, porque por ellos es lo que soy, lo que me da fuerzas para seguir junto a mi familia y mi hijito Beni. Amo mi trabajo, porque si antes podía hacer algo por alguien sin tener recursos, imaginate ahora que puedo contar con recursos que el municipio tiene, porque tenemos un municipio muy rico, tanto en la calidad de los profesionales, como en los recursos que tenemos».
¿Por qué yo doctor?
El momento de la propuesta es sin duda, algo que quisimos preguntarle a Angie y con mucha emoción contó. «Todavía no puedo creerlo, es como su hubiera pasado ayer. El Dr. Ariel Bravo me llamó varias veces, y como venía manejando no pude atenderlo. Entonces cuando vi las llamadas me preocupé, lo primero que pensé fue que había entrado un caso que necesitaba intervención urgentes. Le devuelvo la llamada y me dice que necesitaba que vaya al municipio, que el Dr. Castro me estaba esperando». «Cuando llegué pregunte en mesa de entrada por el Dr. y cuando di mi nombre ¡me estaban esperando!, apurada la secretaria me anunció y me hicieron entrar a la sala de espera, no pasaron ni dos segundos que salió el Dr. Julio Bravo y me hizo pasar a su oficina. Me sentó y yo toda preocupada no entendía bien que pasaba, hasta que me dijo Angie, vengo siguiendo tu trabajo, conozco todo tu esfuerzo, la calidez y la calidad humana con la que trabajas en la secretaría y por eso, por tu esfuerzo quiero que formes parte de la lista. Yo no podía creer todo lo que pasaba, lo que me decía, y le preguntaba ¿por que yo doctor, si hay mucha gente que también trabaja, mucha gente que también lo acompaña? y me contestó porque yo merecía este reconocimiento por mi trabajo». «En ese momento me dolía la panza, me temblaban las manos, comenzó a dolerme la cabeza, todo junto. Mientras el doctor Castro preparaba los papeles y una vez que firmé, me di cuenta de la enorme responsabilidad que estaban depositando en mi y me dije a mi misma, si, si esto me ayuda a mejorarle la vida a más personas, es el lugar donde voy a estar».

No cabe dudas que las gestiones de Julio Bravo vienen sentando un precedente, sobre todo la presencia de las juventudes en su máximo esplendor. Entre la emoción de la charla y las preguntas que a borbotones surgían, consulté. ¿Con toda la experiencia y el camino recorrido, con todo lo que hasta hoy viviste, porque crees que debieras ocupar un lugar como concejal?
Desbordada en llanto, dijo, «porque conozco la necesidad de la gente, porque se que y cómo hacerlo. Nadie mejor que yo sabe lo que es pasarla mal, necesitar y no tener una mano que te ayude. Me preguntaron mucho que haría, y lo dije y lo sostengo, porque yo no prometo, porque no hay nada que pueda prometer, yo me comprometo a gestionar como Trabajadora Social todo lo que pueda hacer. Porque yo se que puedo hacer por la gente, porque confió en la confianza que depositó el doctor Bravo y el Doctor Ariel Bravo. Estoy muy agradecida de tener la posibilidad de compartir la lista con gente que me enseñó tanto. Pero estoy consciente que el cuarto lugar es muy difícil, no imposible, pero si difícil. Y aunque no quede como concejal, voy a seguir trabajando para brindarle todo lo que pueda a la gente, porque me debo a ellos. Porque así me enseñaron mis papás, y estoy muy agradecida».
¡Mi mamita va a ser concejal!
«Beni, mi bebe es el que más lo disfruta. Mira la cartelería y dice ‘mirá mamá, ahí estás, ahora sos famosa. Mi mamita va a ser concejal’. Y eso me llena el corazón. Mi mamá llora mucho, me acompaña, hablamos mucho, de todo lo implica, hablamos de la responsabilidad. Ella me ayuda mucho con Beni. Yo siempre fui una mamá presente, en todo lo que mi hijito necesita, y ahora con tantas reuniones y todo esto, me ayudan mucho con las actividades que hace Beni, pero si hay algo que hago siempre es llevarlo y traerlo del colegio porque él me espera a mí y yo estoy para él. Mi papá esta muy contento, su diabetes lo decayó mucho, ahora pasa mucho tiempo en casa, entonces agarró y me dijo, yo voy a lavar bien el auto y voy a poner parlantes para que suenen bien fuerte, así vamos en la caravana». «Aún no me lo creo, pero si creo que con mucho esfuerzo puedo seguir ayudando desde mi lugar y ayudar a más personas es mi sueño, mi objetivo».


















































